viernes, 2 de julio de 2010

Adiós

Para algunos tan sólo es una palabra, pero para mí es mi único recuerdo, lo único que he escuchado en toda mi vida.
Todo comenzó después de nacer, cuando mi madre murió por mi culpa y mi padre se deshizo de mí, sin dudarlo siquiera, y acabé con una pareja de desconocidos. Con una gran dosis de inocencia mezclada con inocencia en mi ser, les quise como a los verdaderos y puse toda mi confianza sobre ellos.
Pero, entonces, al fin, un día, el cual no sabría decir si fue desgraciado o fantástico, descubrí el lado oculto de sus falsas palabras, con las que me habían envuelto día y noche durante 14 años. Sentí una oleada de sentimientos tan grande que no podría describirla fielmente, tan sólo diré que un sentimiento de engaño me inundó casi por completo. Nada más saberlo, en vez de dejar que mi consciencia se hundiera en la neblina de la depresión, decidí salir en busca del hombre que me culpaba en vez de quererme.
En cuanto lo encontré, no dudé en reunirme con él. A pesar de que no esperaba ninguna muestra de cariño por su parte, no pude evitar deprimirme al recibir su mirada de indiferencia con un tinte de odio. En vez de intimidarme con su mirada, vi lo que escondía tras ella, vi la culpabilidad y la sorpresa que sentía por mí.
No hizo falta que hiciese la pregunta obvia, puesto que tan sólo bastó una mirada para conocerla. Me contestó que él, en realidad, no me había abandonado. Yo, a sabiendas de que eso no podía ser cierto, le interrumpí y le grité que porqué me mentía, puesto que ya había recibido demasiadas mentiras por su culpa. Me miró con una mirada sincera y me volvió a repetir que él no me había abandonado. Por más que me lo dijese y por más que me mirase de esa manera, sabía que nunca acabaría de creerme aquello. Le respondí sarcásticamente, diciéndole que si dar a su hija a otra pareja para él no era abandonar, entonces era un regalo de cumpleaños o algo así.
Me contestó que era algo bastante difícil de explicar, tanto que ni él mismo sabía con exactitud lo que había pasado. Me contó que al nacer, efectivamente, mi madre había muerto, pero que yo también lo había hecho, y, lo que yo había entendido como abandono, en realidad fue una adopción por parte de otra pareja que había perecido en aquel hospital, al parecer, en un incendio.
Obviamente, a mí todo aquello me sonó a cuento barato, por lo que comencé a reírme tontamente para hacerle entender que a mí no me podría convencer con aquello. Entonces, me miró serio y yo tuve que dejar de reír. Balbuceé y le pedí que me explicara aquello, que me dijese cómo era que sentía, tocaba, actuaba como si estuviese viva, y cómo era que la gente podía verme, interactuar conmigo.
Él tan sólo se limitó a decirme que había estado todos esos años intentando encontrar una respuesta, pero seguía sin encontrar una razonable. No tardé en darme cuenta de que aquello no quería decir que no hubiese encontrado algo. Le insté a que me contase aquella respuesta y me dijo que lo único que se le ocurría es que yo era la Muerte, o una de ellas.
Le pregunté en que se basaba para decir eso, y él, antes de caer al suelo, me entregó una carpeta que llevaba escondida en su chaqueta.
En la carpeta encontré información sobre la Muerte y algunos recortes de periódico. Volví a casa con la carpeta y no encontré a nadie allí, como si nunca hubiese vivido alguien allí.
En aquel momento, lo único que se me ocurrió fue investigar sobre los documentos de la carpeta y después decidir qué hacer con mi vida.
Averigüé que mi padre tenía razón, que yo era la Muerte, puesto que sólo la gente que está a punto de morir o le queda relativamente poco, pueden verla y, eso es lo que corroboré con los recortes de periódico, en los cuales toda la gente que había visto a lo largo de mi vida había muerto, y sabía que eso no podía ser una coincidencia.
No podía lidiar con aquello, era demasiada… responsabilidad para alguien que ni siquiera llegaba a quinceañera, por lo que intenté… matar a la Muerte. Irónico, ¿no?

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